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Todo empieza siempre igual.
Con una sensación incómoda de que

algo no encaja del todo.

En las marcas.
En las personas.
En las decisiones que se toman por inercia y no por convicción.

Una marca que habla, pero no conecta.

Que comunica, pero no dice nada.

Que está, pero no importa.

 

Ahí es donde entro yo.

No soy una persona tranquila.
Soy inquieto.
De los que no se quedan con la primera respuesta ni con la solución fácil.
De los que necesitan entender el porqué antes de construir el cómo.

En branding,

vivo en esos segundos de calma justo antes del “Eureka”.
Ese instante previo a otra tormenta de ideas que hay que ordenar, dar forma y convertir en algo con sentido: un nombre, un propósito, una estrategia.

 

Eso es lo que hago.
Y ahí es donde marco la diferencia.

 

Con el tiempo he aprendido que, tanto en marcas como en personas, las reglas son siempre las mismas:

Que si intentas gustar sin saber cómo, te pillan.
Que no puedes gustarle a todo el mundo.
Que si consigues gustar sin gustarte, la cosa acaba mal. Pero, sobre todo, que si pretendes gustar sin saber quién eres, estás vendido a la suerte.

Por eso,

el branding no va de adornar, va de definirse. 


Va de saber quién eres y actuar en consecuencia.

De tomar partido.
De renunciar a lo que no eres para reforzar lo que sí.

Porque cuando una marca tiene clara su identidad,
deja de improvisar.
Deja de perseguir tendencias.
Y empieza a

construir con coherencia.

Yo trabajo justo ahí.
En ayudarte a entender quién eres, qué defiendes y qué lugar quieres ocupar en la mente de las personas.

Y ahora te devuelvo la pregunta:

¿Tú ya sabes quién eres o qué tipo de marca quieres ser?

© 2026 | XABIER LLORENS

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